domingo, 31 de julio de 2011

Isabel Coixet



Domingo por la tarde, ese estado entre la melancolía y la pura pena que ataca a todo bicho viviente entre los tres y los noventa y tres años.
Esa mezcla de vagos recuerdos de infancia llenos de relamidas voces de locutores deportivos y horribles sintonías que llenaban el patio de vecinos y cuadernos escolares con deberes a medio hacer
Domingos por la tarde en ciudades desconocidas, en hoteles con moquetas imposibles y habitaciones con baños de color marrón que te empujan a pasear por bulevares vacíos con tiendas cerradas y gente que bebe sola en cafés a punto de cerrar. 
"Odio los Domingos, Dios, cómo odio los Domingos , mientras la gente desde el andén de enfrente chillaba, "Sí, hermano ¿quién no?". 
Y, sin embargo, hasta a tristeza del Domingo por la tarde tiene cosas buenas. Conozco parejas que se han conocido compartiendo ese miedo a la tarde del Domingo. Conozco gente que empieza una novela siempre en Domingo. Otros, durante el rodaje de una película, deciden empezar a rodar justamente en ese momento, dado que, a efectos de la complicada contabilidad ancestral del departamento de producción, cuenta como Lunes. Existen también personas que dicen no sentir nada especial esa tarde, que afirman que lo que a ellos lo que de verdad les deprime es el Miércoles por la tarde o el Jueves por la mañana. 
Pero es cosa sabido que hay gente que haría cualquier cosa por ser diferente a los demás, hasta fingir una alegría que no sienten un Domingo por la tarde".

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